La berlina más fiable jamás fabricada vive todavía en África
En enero de 2014, un hostelero alemán llamado Gregorios Sachinidis llevó su Mercedes 240D W123 al museo de Daimler-Benz en Stuttgart. El cuentakilómetros marcaba 4.600.000 kilómetros. Mercedes le regaló un C-Class nuevo a cambio. El coche viejo, expuesto desde entonces en una vitrina del museo, todavía arrancaba a la primera.

Gregorios Sachinidis llegó a Stuttgart el 26 de febrero de 2014 al volante de un Mercedes 240D azul oscuro fabricado en 1976. Había salido la noche anterior de Salónica, Grecia, con una caja de herramientas en el maletero y un termo. La aguja del kilometraje, que en realidad eran dos diales superpuestos porque el cuentakilómetros original sólo contaba seis cifras, marcaba 4.600.000 kilómetros. Sachinidis llevaba treinta y ocho años conduciendo el mismo coche. Era hostelero en una taberna cerca del puerto, y el Mercedes era su instrumento de trabajo. Mercedes-Benz Classic Center lo había contactado por carta un mes antes. Le proponían un trato: el coche a cambio de un C-Class nuevo, llaves en mano. Sachinidis aceptó por el sentido del archivo. El 240D entró en una vitrina del museo de Daimler en la avenida Mercedesstrasse, con la chapa todavía con polvo del último viaje.
El W123 no se diseñó para ser eterno, pero el equipo que lo dibujó eligió cada componente como si lo fuera. Bruno Sacco, recién ascendido a jefe del estudio en 1975, había acuñado en interno una frase que se atribuía a Wilhelm Maybach pero que él hizo suya: “Los Mercedes envejecen, no pasan de moda.” La frase justificaba decisiones que en otra marca habrían sido absurdas. Pilotos traseros con franjas verticales no por estética sino porque reducían la acumulación de barro en climas polvorientos. Cerraduras de puerta sobredimensionadas porque la marca había detectado que en climas tropicales el desgaste se concentraba allí. Cinturones de seguridad con tensor mecánico en vez de pirotécnico porque las piezas se podían reparar con repuestos locales en El Cairo o Lagos. Cada elección encarecía el coche. Cada elección, sumada, alargaba su vida útil veinte años.
El motor OM616, de 2.4 litros y cuatro cilindros, se diseñó originalmente en 1973 por un equipo dirigido por Rudolf Diesel III —nieto del inventor— en el centro técnico de Untertürkheim. La premisa era construir un diésel atmosférico que pudiera funcionar con combustibles de baja calidad, los típicos del Magreb y Oriente Próximo en los setenta. El bloque tenía cinco cojinetes principales en lugar de los tres habituales para un motor de cuatro cilindros, una decisión que añadía treinta marcos al coste pero que multiplicaba por tres la vida útil del cigüeñal. La compresión era de 21:1, alta para la época. El régimen de máxima potencia, 4.400 rpm. Aquel motor, según el archivo de servicio técnico que Mercedes conserva en Sindelfingen, llegaba habitualmente al millón y medio de kilómetros antes de necesitar el primer rectificado. Algunas unidades en taxis marroquíes llegaron a tres millones sin abrir el bloque.
África lo adoptó como herramienta de transporte público. En 1985, ocho de cada diez taxis interurbanos de Marruecos eran W123. En Senegal, el porcentaje subió a nueve de cada diez en los años noventa. El Estado etíope compró 3.400 unidades en 1979 directamente a Mercedes para sustituir su flota oficial. En Lagos, Nigeria, los W123 importados de segunda mano siguieron en servicio comercial hasta 2015: cuarenta años de vida útil. La marca no pidió este destino. Lo aceptó. Y respondió manteniendo el suministro de repuestos hasta 2010 para una serie que había dejado de fabricarse en 1986. El compromiso industrial le costó dinero a la empresa pero le compró una posición simbólica en los mercados emergentes que ningún competidor logró igualar.
Jeremy Clarkson, en abril de 2002, escribió en The Sunday Times una frase corta sobre el coche que había heredado de su padre: “Mercedes los fabrica. África los inmortaliza.” La cifra global de producción —2.697.915 unidades entre 1976 y 1986— es importante pero engañosa. Lo relevante es la tasa de supervivencia. Mercedes calculó en 2018 que aproximadamente el 35 % de los W123 fabricados seguía rodando en algún lugar del mundo. Cuarenta y dos años después del lanzamiento. La tasa media para un coche europeo del periodo es del 4 %. Sachinidis sigue desayunando en su taberna. El 240D azul sigue en Stuttgart. El cuentakilómetros sigue marcando lo mismo que el día que llegó: 4.600.000 kilómetros y un par. La vitrina lo guarda como se guarda una reliquia, pero el coche no es un objeto sagrado. Es la prueba de un argumento industrial.
Mercedes los fabrica. África los inmortaliza.— Jeremy Clarkson, The Sunday Times, abril de 2002
Bruno Sacco, llegado a Mercedes en 1958 como discípulo de Paul Bracq, asumió el liderazgo del diseño del W123 en 1972. Sacco partía de una premisa que repetía en cada reunión: 'Los Mercedes envejecen, no pasan de moda.' La frase se atribuía originalmente a Wilhelm Maybach, pero Sacco la convirtió en doctrina industrial. La aplicó al W123 en cada decisión: pilotos verticales para reducir suciedad, frontal con doble óptica fácil de sustituir en cualquier ciudad africana, paneles laterales planos para reparar en chapa con martillo y plantilla. Cuando Werner Niefer, jefe de producción, le pidió en una reunión de marzo de 1974 que añadiera un detalle de moda al diseño, Sacco respondió por escrito: 'Lo que añadamos hoy nos quitará venta mañana en Kinshasa.' Niefer cedió. El W123 salió sin un solo detalle de moda.
Lo que costaba salir de fábrica en 1976 y lo que vale hoy una unidad restaurada.
Récord Guinness al kilometraje más alto registrado en un automóvil de calle: 4.600.000 km del 240D de Gregorios Sachinidis. Récord de durabilidad para una berlina de pasajeros. Tasa de supervivencia del 35 % de las unidades fabricadas: la más alta de cualquier coche europeo del siglo XX.
Ficha técnica completa
Mercedes pagaba en el momento del lanzamiento un suplemento por kilómetro a los taxistas alemanes que se ofrecían a llevar los prototipos de pre-producción. La marca quería ver el coche en uso real antes de aprobar el ensamblaje en serie. Un taxista de Stuttgart, Karl Friedrich Schaufele, acumuló 270.000 kilómetros en el prototipo en quince meses. Schaufele cobró 18.500 marcos y se quedó con el coche al final del programa, como bono. Lo siguió usando otros diez años.
Mercedes-Benz Classic Archive, Stuttgart; Bruno Sacco, entrevista en Auto Bild Klassik 2010; The Sunday Times abril 2002; Werner Oswald, Deutsche Autos 1945-1990; Guinness World Records 1986
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