El microcoche que un aristócrata francés exiliado dibujó para una España descalza
Gabriel Voisin, ingeniero aeronáutico francés, había construido los aviones que España compró antes de la guerra. En 1951, ya exiliado y olvidado, dibujó un cochecito sin marcha atrás, sin techo de serie y sin más adornos que su capacidad para llevar a dos personas de una sola pieza. Lo fabricaron en Sant Adrià de Besòs y se llamó Biscúter.

Gabriel Voisin tenía setenta y ocho años en 1951, cuando un empresario catalán llamado Damián Casanovas le visitó en su casa de Ozouer-le-Voulgis, a las afueras de París. Voisin era un nombre que casi nadie reconocía ya. Había sido, en los años veinte, uno de los ingenieros aeronáuticos más importantes de Francia, fundador de la Avions Voisin que durante la Primera Guerra Mundial vendió cazas al ejército francés y al español. Después se dedicó a los coches —los Voisin de los años veinte y treinta eran berlinas de lujo con líneas radicales, faros encastrados y carrocerías en aluminio—, hasta que la Segunda Guerra Mundial barrió la marca. En 1951, Voisin era casi un anciano olvidado. Casanovas le ofreció una cifra modesta por diseñar un microcoche para España.
El Biscúter nació en el papel en menos de seis meses. Voisin, que había dejado de creer en la elegancia, dibujó un coche radicalmente honesto: una sola caja de aluminio fundido sobre un chasis tubular, sin puertas (se entraba por encima del lateral, levantando una pierna), motor monocilíndrico de dos tiempos refrigerado por aire montado sobre la rueda delantera derecha, tres velocidades, sin marcha atrás. La carrocería era abierta —el Biscúter “zapatilla” no tenía techo de serie—, los faros eran de motocicleta, los neumáticos minúsculos. Pesaba 240 kilos, alcanzaba 75 km/h y consumía menos de cuatro litros a los cien. El precio en 1953 era de 27.500 pesetas, equivalente a cinco meses de un sueldo medio.
Lo que hizo el Biscúter en España fue democratizar el coche entre quienes no podían soñar ni con un 600. Se fabricó en Autonacional S.A., una pequeña empresa en Sant Adrià de Besòs, entre 1953 y 1960. La producción total rondó las 12.000 unidades, una cifra modesta pero significativa para el contexto: España estaba saliendo de la autarquía, la gasolina seguía racionada hasta 1956, y los compradores típicos eran practicantes rurales, comerciantes, profesores de provincia. El coche se conocía coloquialmente como “zapatilla” por su silueta plana, alargada y abierta. La frase publicitaria de 1954 era directa: “Por el precio de una moto, un coche para dos”.
La anécdota del cómico Joaquín Vilches en Montjuïc, julio de 1955, está documentada en La Vanguardia. Vilches subió su Biscúter por las escalinatas de la fuente, con dos amigos empujando, simulando una marcha atrás que el coche no tenía. La fotografía se reprodujo durante meses en revistas de variedades. Vilches devolvió el coche al concesionario al día siguiente con el embrague quemado. La devolución no es anécdota: refleja una realidad mecánica del Biscúter. El motor de dos tiempos era frágil con el calor, la transmisión por engranajes rectos no toleraba malos tratos, y la ausencia de marcha atrás obligaba a maniobrar con previsión casi militar. Voisin, en la entrevista con Destino de 1954, lo defendió con una frase orgullosa: “No he inventado un coche. He inventado una solución”.
El Biscúter dejó de fabricarse en 1960, cuando el SEAT 600 había absorbido el mercado de microcoches y los compradores se daban cuenta de que, por un poco más, podían tener cuatro ruedas grandes y un techo. Voisin murió en 1973 en Ozouer-le-Voulgis, a los noventa y tres años, sin ver lo que el Biscúter se había convertido. Hoy, una unidad en buen estado se vende por entre 8.000 y 18.000 euros, dependiendo de la versión. El Biscúter aparece en bodas españolas, en películas de Berlanga, en spots publicitarios que evocan la España de blanco y negro. Quien lo conduce hoy descubre dos cosas sucesivas: que no tiene marcha atrás, y que daría igual. Hacia delante, el coche ya cumple su única promesa.
No he inventado un coche. He inventado una solución.— Gabriel Voisin, entrevista en Destino, 1954
En el verano de 1955, durante una concentración de microcoches en Barcelona, el comediante Joaquín "El Beni" Vilches subió su Biscúter por las escalinatas de la fuente de Montjuïc, en marcha atrás simulada (con dos amigos empujándolo). La fotografía, publicada en La Vanguardia el 18 de julio, lleva pie: "El Biscúter, vencedor de la escalinata, pero solo en sentido descendente". Vilches devolvió el coche al concesionario al día siguiente con el embrague quemado.
Lo que costaba salir de fábrica en 1953 y lo que vale hoy una unidad restaurada.
Sin palmarés deportivo, pero sí trayectoria insólita: el Biscúter fue uno de los primeros coches usados por la Policía Municipal de Sevilla en 1955 para patrullar el casco antiguo, por su pequeño tamaño.
Ficha técnica completa
El Biscúter 200 no tenía marcha atrás de serie. Para retroceder había que bajarse del coche y empujarlo. Voisin justificó la decisión diciendo que "un buen conductor no necesita marcha atrás", una frase que se convirtió en chiste nacional durante toda la década.
Wikipedia ES; archivo La Vanguardia 1953-1960; revista Destino 1954; libro "Voisin y el Biscúter" de Pere Riba
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