Marca · España
Biscúter
A comienzos de 1951, Damián Casanovas Riera, propietario de Autonacional SA en Sant Adrià de Besòs, viajó a París para visitar al ya viejo Gabriel Voisin, el ingeniero aeronáutico convertido en pionero del automóvil de lujo durante los años veinte. Voisin acababa de diseñar un microcoche llamado Biscooter —“dos scooters”—, pensado para una Europa de posguerra empobrecida y sin gasolina. En Francia no había encontrado financiación. Casanovas, que conocía la realidad española mejor que la francesa, intuyó que Cataluña sí podía absorber un coche así. Volvió de París con la licencia firmada y, en febrero de 1953, presentó el primer Biscúter 100 en el Salón del Automóvil de Barcelona.
El Biscúter 100 era casi una contradicción mecánica: dos plazas en tándem, motor monocilíndrico de dos tiempos Hispano-Villiers de 197 cc, nueve caballos, sin marcha atrás, sin puertas, carrocería de aluminio batido en la propia nave de Sant Adrià por una plantilla de 65 obreros. Pesaba 235 kilos. Llegaba a 75 km/h en plano. Costaba 25.000 pesetas en 1953, en un país donde un peón de obra cobraba 28 pesetas al día y un albañil con dieciocho años de oficio no pasaba de 38. Hacían falta más de tres años de jornales íntegros para comprar uno. Pese a eso, encontró clientela inmediata entre médicos rurales, viajantes de comercio y pequeños propietarios catalanes.
Se fabricaron entre 1953 y 1960 alrededor de 12.000 unidades en cinco series sucesivas: el 100, el 200 con marcha atrás, el 200-C con techo de lona, el deportivo Pegasín y el Comercial. La cultura popular española lo adoptó con cariño irónico. Marco Ferreri lo convirtió en personaje principal de la película El cochecito (1960), con José Isbert al volante de un 200-C amarillo: la cinta ganó el Premio FIPRESCI en el Festival de Venecia y dejó al Biscúter instalado en el imaginario colectivo del país. Las fotografías costumbristas de Català-Roca lo retrataron entre carros y tranvías hasta bien entrados los sesenta.
La condena llegó en 1957 con la salida del SEAT 600. Por 65.000 pesetas, una cifra solo un 60% superior al precio del Biscúter, se podía comprar un coche con cuatro plazas, marcha atrás, calefacción, techo cerrado, puertas e instrumentos. El cálculo era irrefutable. Las ventas del Biscúter cayeron un 40% en 1958 y un 70% en 1959. En septiembre de 1960, Autonacional SA cerró la línea de automóviles y reconvirtió la nave de Sant Adrià en planta de pequeños motores eléctricos para electrodomésticos, un negocio que mantuvo a parte de la plantilla hasta los años ochenta.
Damián Casanovas murió en Barcelona en 1976 sin haber vuelto a hablar mucho del Biscúter en público; sus archivos personales pasaron a un nieto que los donó al Museu d’Història de Sant Adrià en 2010. Sobreviven hoy unas 800 unidades reconocidas en todo el mundo, casi todas restauradas, pocas valoradas por encima de los 18.000 euros. No es un coche caro. Pero cada vez que un septuagenario barcelonés ve aparcado uno amarillo a la puerta de una romería, le cuenta a quien esté al lado que su padre tuvo uno en el año 56 y que iban los cuatro apretados a la Costa Brava sin que nadie protestara, porque entonces no había nada mejor y, además, no se sabía que pudiera haberlo.
Archivo del Museo de Història de Catalunya (sección automoción); revista Velocidad años 50; Wikipedia consultada 2026-06
Última revisión editorial: 2026-06-02.