El cyclecar barcelonés que era el "coche pijo" de la juventud catalana
En 1913, José María Armangué montó en una nave de la Travesera de Gracia un coche minúsculo de tres ruedas. Lo bautizó David. Lo conducía media Barcelona menor de treinta años. Un Hispano-Suiza ridiculizaba a David. La frase ya no tenía sentido al revés.

José María Armangué tenía veintinueve años, era ingeniero industrial por la Escola d’Enginyeria de Barcelona y odiaba los coches grandes. En 1913, en una nave alquilada de la Travesera de Gracia, montó el primer cyclecar español: tres ruedas —dos delante, una detrás—, motor MAG suizo bicilíndrico en V comprado en Ginebra, chasis de tubo de acero, carrocería de madera y aluminio remachado por un carpintero de la calle Verdi. Bautizó la marca con su segundo nombre: David.
El primer David Sport pesaba doscientos cincuenta kilos vacíos. Costaba 3.500 pesetas. Un Hispano-Suiza T15 costaba quince mil. La cuenta era inmediata: por el precio de un Hispano se compraban cuatro David. La juventud catalana lo entendió antes que la prensa especializada. En 1918 ya rodaban por Barcelona unos doscientos David. En 1920, según La Vanguardia, “uno de cada cuatro automóviles aparcados delante del Liceu un viernes por la tarde era un David”.
Se fabricaron, sumando todas las versiones —Sport, Phaeton, Coupé y un raro Camionnette— unas mil unidades entre 1913 y 1922. La cifra exacta nunca se pudo fijar porque Armangué nunca llevó libros contables al día. En 1917 ganaron la subida al Tibidabo en categoría cyclecars con Eduardo Mortera al volante. En 1922 inscribieron uno en la Targa Florio. No terminó: rotura de transmisión en el primer descenso.
Lo que descoloca de David no son las cifras técnicas sino el público. En las hemerotecas catalanas de la época aparecen nombres familiares: el joven Salvador Dalí intentó comprar uno y su padre se lo prohibió. Joaquim Sunyer pintó dos. El arquitecto Josep Lluís Sert lo usó como modelo para un ejercicio del Bauhaus. David era el coche de los hijos de la burguesía moderna. Pequeño, ligero, ridículo y deseado. La crisis económica de 1922 y la entrada de cyclecars franceses más baratos —Amilcar, Salmson— acabaron con la fábrica.
De los mil David fabricados sobreviven, según el último censo del Reial Automòbil Club de Catalunya, ocho. Tres en condiciones de rodar. Uno está restaurado al estado original con la carrocería de Mortera reproducida por un carpintero de Sant Cugat. Lo conduce su nieta. Cabe en una plaza de garaje y suena como una motocicleta vieja.
Salvador Dalí escribió en sus diarios juveniles de 1922 que su padre le prohibió pedir un David porque "los nervios de Salvador no eran compatibles con un vehículo que cabe en un balcón". Acabó conduciendo el de un amigo. Lo estrelló contra una pared en Cadaqués.
Lo que costaba salir de fábrica en 1915 y lo que vale hoy una unidad restaurada.
Subida al Tibidabo 1917 (categoría cyclecars). Salida en Targa Florio 1922 sin clasificación.
Ficha técnica completa
David se vendía sin techo, sin parabrisas y sin contador de revoluciones. Los tres elementos eran opcionales. Casi nadie los pedía: añadían 400 pesetas y los compradores eran jóvenes que valoraban el aire en la cara.
Pedro Larrañaga, "Historia del automóvil en España"; Hemeroteca La Vanguardia 1918-1922
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