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Packard
Warren, Ohio, agosto de 1899. James Ward Packard llegó a casa fundido tras haber empujado durante kilómetros un Winton roto que había comprado en Cleveland. Se presentó al día siguiente en las oficinas de Alexander Winton y le explicó lo que, a su juicio, había que cambiar en aquel coche. Winton —corpulento, de mal genio, escocés de origen— le replicó que si era tan listo se hiciera él uno. Packard, ingeniero eléctrico con buena posición y una fábrica de cables que daba dinero, lo tomó al pie de la letra.
El Modelo A de 1899 salió de un taller anexo a la fábrica de cables Packard Electric. En 1903 se trasladaron a Detroit a un edificio diseñado por Albert Kahn —el mismo arquitecto que firmaría River Rouge— con suelos de roble pulido y dos millones cuatrocientos mil pies cuadrados de planta. El lema lo escribió un cliente satisfecho en una carta de 1901: “Ask the man who owns one”. Sobrevivió como eslogan medio siglo.
Packard vendió en 1928 más coches de lujo que Cadillac, Pierce-Arrow y Peerless juntos. El Twin Six V12 de 1916 fue el primer doce cilindros en serie de la industria americana; el Modelo 1108 Sport Phaeton de 1934 con carrocería LeBaron costaba 6.080 dólares —ciento veinticinco mil euros actualizados— cuando un Ford V8 valía 540. Lo conducían el shah de Persia, Stalin —que tuvo dos blindados regalo de Roosevelt—, el rey Carol II de Rumanía, Eva Perón en sus llegadas a Buenos Aires.
La Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de matarlos: dejaron de fabricar coches civiles entre 1942 y 1945 para producir el motor de aviación Rolls-Royce Merlin para los cazas Mustang P-51 bajo licencia británica. Cuando volvieron al lujo en 1946, el mercado había cambiado: la nueva clase media prefería un Cadillac. Packard se fusionó con Studebaker el 1 de octubre de 1954 en una operación desesperada. Quebraron juntos. El último Packard auténtico salió de la planta de East Grand Boulevard, Detroit, en junio de 1956.
El edificio Albert Kahn estuvo durante sesenta años convertido en ruina industrial — refugio de fotógrafos, decorado de películas postapocalípticas, símbolo del Detroit en descomposición— hasta que en 2017 lo compró un constructor español, Fernando Palazuelo, por 405.000 dólares. Decía que se le pondría la piel de gallina cada vez que entrase. A Packard hay que preguntárselo al que tuvo uno: cada vez quedan menos.
Packard Automotive Foundation; Hagerty archive; Wikipedia consultada 2026-06
Última revisión editorial: 2026-06-02.